







Siempre nos cruzábamos en los caminos de Ocoa. Creo que nunca conversamos, pero siempre hubo un saludo amistoso a la distancia, al encontrarnos en direcciones opuestas en la arboleda o en la Villa Prat o en el Barrio Alto de Rabuco. Una sonrisa y una levantada de mano. Un amigo en el camino.
Hace cinco años lo mataron. Fue un asesinato cruel, frío, despiadado. La naturaleza humana traicionó el control, la mesura, la paz del colega asesino y movido por la envidia y los celos laborales lo dejó agonizando con un balazo en el pecho, tirado ahí, al lado de la quebrada, camino al espinal.

Entonces los caminos quedaron vacíos. Nunca más la sonrisa amistosa. Nunca más la levantada de mano. El compañero del camino había sido sacado de la ruta por la bala rabiosa y voraz del desgraciado asesino.

Desde entonces suelo visitar su animita, allá, camino al espinal, justo antes del cruce de la quebrá. No está su camión tres cuarto en las calles de Ocoa, pero voy a conversarle para que siga siendo la vieja compañía rutera de siempre. Para que mientras voy por las carreteras y por los pasajes siga cruzándose conmigo y con su sonrisa y levantada de mano vuelva alegre mi manejada.
Cuando manejo por las calles de Ocoa, Reinaldito me acompaña y asegura que mis viajes sean amenos, llenos de música, de viento en la cara, de conversas piolas y de vistas hermosas. Cómo no llevarle su velita. Como no ir a conversarle cualquier cosa de vez en cuando. Reinaldito, una más de las presencias ocoínas, es mi ángel en los caminos.