Mi generación no es de terminar en el Playa. Quizás un partido del Colo. Quizás una pulina. Quizás una empanada a lo lejos. Quizás un domingo de verano, con los amigos cerveceados, rematamos la tarde al final de la calle de los viejos desfiles. Pero no es el ambiente de mi generación. No es el espacio natural.
Sí lo es de la generación de mi padre y la de los de una generación más abajo y de todas las de más arriba. Ahí estuvo siempre la música, la risa, el golpear la copa de vino que los entretenía y que los sigue entreteniendo. Ahí siempre estuvieron las anécdotas, las historias, el remate de los partidos de La Estrella o de Independiente. Desde mi ingenuidad de infante me preguntaba cómo todos ellos podían pasar tantas horas ahí metidos, riendo, con mucho bullicio todo, si era gente que no se veía ningún otro día de la semana. Claro, ahora sé bien cómo funciona eso, las camaraderías momentáneas, las buenas ondas esenciales y pasajeras.
Algunos, varios otros, viven ahí. Tienen olor, tienen sudor de estar en un espacio húmedo y cerrado. La barba mal afeitada, la cara siempre encendida, las manos lijosas. Siempre sonríen con la mirada algo perdida. Siempre están donde mismo, ni en el bar, ni en las mesas, ni en los pules. Como que están en las soleras de las puertas y de las divisiones, esperando una caña solidaria, un chinchín, un salud.
Quizás por esa imagen latente nunca me animé mucho a ir hasta allá. Ni la mayoría de mi generación. Hasta en un tiempo más. Supongo que el bar mismo nos encandila porque ahí están los duros, los "verdaderos de verdad", y quizás quisiéramos ser un poco eso cuando más viejos, o al menos representarlo. Esa chorería. Esa perdida e inútil crudeza. Pero aún lo miramos con sincera indiferencia. Desde afuera y en la tangente. No lo necesitamos hoy, pero nos gusta que esté ahí.
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