sábado, 27 de diciembre de 2008

DICIEMBRE


A las siete de la tarde, un viento sale todos los días desde el Aconcagua a refrescar las calurosas tardes ocoínas. Mientras eso no sucede, la dureza del sol se deja caer implacable sobre el valle, seco y calador.

En esos momentos de la tarde, la arboleda de Rabuco es un verdadero oasis. Su espigado recorrido se convierte en un crisol de luces y sombras, de verdes y amarillos, de frescores y rayos solares. Y ahí, entonces, se advierte todo el valor de la gran "alameda": todos vuelven de sus trabajos por ese sendero de temperatura alivianada por los grandes plátanos y la berma del camino se vuelve aparcadero ideal para refrescar el cuerpo con unas cervezas bien conversadas. Todos transitan por ahí, pasan hacia abajo o hacia el Badén, entonces es también un lugar de encuentro y contacto social. De saludos y de vistazos.

En diciembre, la arboleda es nuestra alameda de las delicias.

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