
La niña ve mucha televisión y las llama fresas. El niño aún no habla muy bien y balbucea algo como a ininah. Ellos están en los campos de frutilla. Frutillas de Ocoa. Aún son pocos, pero van en aumento, entre tanto viñedo, invernadero de plantas y predios de palta. Siempre han habido, pero esporádicos: la familia de por aquí, los Olguín por allá, los nosecuánto por acá.
Las frutillas de los Olguín fueron, son, para mi gusto, de antología. No necesariamente gigantes como a veces las producen hoy, pero eternamente dulces y jugosas, ideales para el buen borgoño veraniego. Hay otras de mayor porte pero de menos dulzor. Algunas de tímido rosado, otras de intenso y furioso rojo. Unas deshechas por la madurez indómita, otras de carne más endurecida por el rigor de la tierra.
¿Dónde está la crema para estas fresas ocoínas? ¡Échele frutillita / al borgoñita! En el bufé, el domingo, después del partido, de seguro ese vino con frutilla será saboreado por los parroqueanos de siempre. ¡Larga vida a las frutillas!

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