miércoles, 26 de noviembre de 2008

DESDE AFUERA, EL PLAYA


Mi generación no es de terminar en el Playa. Quizás un partido del Colo. Quizás una pulina. Quizás una empanada a lo lejos. Quizás un domingo de verano, con los amigos cerveceados, rematamos la tarde al final de la calle de los viejos desfiles. Pero no es el ambiente de mi generación. No es el espacio natural.

Sí lo es de la generación de mi padre y la de los de una generación más abajo y de todas las de más arriba. Ahí estuvo siempre la música, la risa, el golpear la copa de vino que los entretenía y que los sigue entreteniendo. Ahí siempre estuvieron las anécdotas, las historias, el remate de los partidos de La Estrella o de Independiente. Desde mi ingenuidad de infante me preguntaba cómo todos ellos podían pasar tantas horas ahí metidos, riendo, con mucho bullicio todo, si era gente que no se veía ningún otro día de la semana. Claro, ahora sé bien cómo funciona eso, las camaraderías momentáneas, las buenas ondas esenciales y pasajeras.
Algunos, varios otros, viven ahí. Tienen olor, tienen sudor de estar en un espacio húmedo y cerrado. La barba mal afeitada, la cara siempre encendida, las manos lijosas. Siempre sonríen con la mirada algo perdida. Siempre están donde mismo, ni en el bar, ni en las mesas, ni en los pules. Como que están en las soleras de las puertas y de las divisiones, esperando una caña solidaria, un chinchín, un salud.

Quizás por esa imagen latente nunca me animé mucho a ir hasta allá. Ni la mayoría de mi generación. Hasta en un tiempo más. Supongo que el bar mismo nos encandila porque ahí están los duros, los "verdaderos de verdad", y quizás quisiéramos ser un poco eso cuando más viejos, o al menos representarlo. Esa chorería. Esa perdida e inútil crudeza. Pero aún lo miramos con sincera indiferencia. Desde afuera y en la tangente. No lo necesitamos hoy, pero nos gusta que esté ahí.

domingo, 16 de noviembre de 2008

AHÍ VIENE EL TREN




Ya solo pasa él. Unas cuatro veces al día, para allá, para acá, para allá, para acá. Solo él.
Hubo un tiempo que estaba "la Ratia", esa suerte de tren carretero que venía desde Llay Llay a las 7 de la mañana parando en toda y cada una de las estaciones y que era conducido por un señor de tal apellido. En la tarde se regresa desde el puerto. O el expreso, misterioso y grave, que pasaba en algún horario secreto lleno de gente desconocida desde Los Andes o hacia Los Andes. Para mí, siempre iba vacío, como un tren fantasma que en nuestras estaciones no paraba. Y antes, sin que yo jamás lo viera, el mítico tren a Santiago, valiente e intrépido porque cruzaba las cuestas hacia la capital.

La Ratia era nuestro preferido. Paraba en la estación oficial, la de "Ocoa", y paraba en Villa Prat. Justo antes de la estación, mirando hacia el Aconcagua, hay una curva que no permite ver si el tren viene o no. Lo primero, entonces, era el silbido lejano del tren cruzando Los Maitenes y luego aparecía, juvenil como era, alegre, lleno de gente y de bolsos y de olores, porque toda la gente se iba a la playa. Siempre que lo vi fue verano, fue madrugada, fue viaje al mar.
Ahora solo queda este tren. Es un poco como aquellos abuelos llenos de energía, bailarines y brincadores, pero abuelos al fin y al cabo. A veces nos sorprende con su bramido gutural y su larga cola de tambores con cobre. A veces bromea y se detiene, simplemente, ahí, en medio del paso de la vía, sin que nadie ni nada le importe. Tiene su genio y tiene sus años, por eso lo queremos y lo sentimos parte nuestra.