miércoles, 28 de octubre de 2009

jueves, 9 de julio de 2009

JULIO EN LA CALLE DEL FUNDO LOS MAITENES


Julio. La lluvia ha caído con fuerza. La vieja calle del viejo Fundo Los Maitenes de Ocoa resiste como puede, con su hidalguía tradicional. Es invierno en Ocoa.

La posición privilegiada del valle de Ocoa marca con total claridad las cuatro estaciones durante el año. En sus cerros, en sus siembras, en sus arboledas se distingue, con nitidez de libro, el invierno de la primavera del verano del otoño del invierno otra vez. El cambio en la naturaleza y en la temperatura puede experimentarse con la vista y con la piel sin mayores problemas, aunque por supuesto siempre ocurre de a poco, silencioso, tranquilamente, al ritmo cancino de cualquier día de trabajo campesino.

Julio. Invierno en Ocoa. La lluvia ha saturado el piso y surgen implacables las grandes pozas y el barrial que parecerá eterno. A veces no queda por donde pasar y los zapatos mojados tendrán que buscar entre el pasto y las moras algún pedazo de tierra firme que permita el avance o para adentro o para afuera. Las bicicletas cruzarán simplemente la poza, con la incertidumbre cierta de lograr atravesarlo o quedar pegados en la mitad de la aventura. Nadie lo hace por entretenimiento: más allá está la parcela que hay que laborar... o más allá está el hogar con su fuego y su comida y hay que saber llegar en medio de tanto barro.

Y a veces el barrial es eterno. La humedad, el sol bienintencionado, no logran secar el lodo y hacer discurrir el agua. Y ahí queda el lago nuevo en medio de la calle, como por inercia, como porque esto es campo... a veces las poéticas postales esconden situaciones de aislamiento, esfuerzo y sacrificio silenciados. Total, es invierno.

Hay un sol tibio que ilumina pero no calienta desde un ángulo bajo hacia el norte. El viento corre helado, quemante, desde el río. Es invierno en la vieja calle del viejo fundo. Todo está quieto y todo está transparente. Los verdes se multiplican en cada árbol, en cada ramaje. La gente ya se protege en sus madrigueras, al lado del brasero, a ver las teleseries. Mañana en la mañana probablemente caiga una helada y el agua estancada y la humedad harán sentir un frío calante en los huesos. El barro seguirá ahí, por lo que nuevamente habrá que hacerse de camino entre las moras y el pasto. Así es el invierno, duro y poético, en el valle de Ocoa.

viernes, 26 de junio de 2009

EL CHAPULÍN



Ahí vivía, lo recuerdo bien. Ahí al ladito vivía también mi abuelo Segundo Nicanor con la tía Rosa y mis tías-primas bien chicas. Esos cuartos fueron cuartos de juegos para mí.

Y ahí, por ahí, vivía el Chapulín. Chico, feo, había nacido viejo, probablemente por el alto grado de alcoholismo que tenía, medio curco, siempre sonriente. Creo que nunca le entendí bien qué es lo que hablaba, pero supongo que desde mi inocencia infantil siempre lo vi con algo de miedo y distancia.

El Chapulín era un personaje, cómo no, más de los bares de la Villa Prat que de otra parte. Supongo que trabajaba para el fundo, o que al menos recibía algún tipo de sueldo o ayuda de ellos para poder revolver la olla... La situación debe haber sido una constante en los viejos tiempos del latifundio católico. Mucho hombre alcohólico, ya con deterioro cognitivo y físico, trabajando a veces por las semanas, viviendo un poco en los márgenes de las sociedades inquilinas, profundamente solitarios y melancólicos, sin nadie, solo con su vaso de vino, recibiendo la indulgencia del señor Zegger o del señor Guzmán Montt o del señor Paz Concha.


El tiempo pasó... el abuelo ya no vivió más por allá... nadie vivió más por allá, solo él. Con los noventa, el centro de la vida maitenina se trasladó definitamente a la calle principal y la calle Las Rosas quedó solo como una suma de parcelas y de casas semi abandonadas. Pero supongo que el Chapulín siguió ahí, en esos cuartitos oscuros, ahumados y húmedos. Tengo recuerdos que muchos años después lo vi caminando borracho desde la Villa Prat hacia adentro y me intentó conversar algo que no le entendí o que no le quise entender. Su soledad, supongo, lo hacía moverse por caminos extraños. Pero de pronto ya no se vio más. Y nadie lo recordó ni nadie sintió la necesidad de recordarlo. Creo que alguna vez escuché que andaba por algún fundo de la sexta región. Quizás lo soñé. Por ahí también lo nombraron en alguna sesión de recuerdos de la Estrella de Ocoa... pero quizás era otro Chapulín.


Se fue. Simplemente ya no estuvo más. El cuarto quedó vació, húmedo, ahumado. El patrón ahora sí ya lo podía usar de bodega.