Julio. La lluvia ha caído con fuerza. La vieja calle del viejo Fundo Los Maitenes de Ocoa resiste como puede, con su hidalguía tradicional. Es invierno en Ocoa.
La posición privilegiada del valle de Ocoa marca con total claridad las cuatro estaciones durante el año. En sus cerros, en sus siembras, en sus arboledas se distingue, con nitidez de libro, el invierno de la primavera del verano del otoño del invierno otra vez. El cambio en la naturaleza y en la temperatura puede experimentarse con la vista y con la piel sin mayores problemas, aunque por supuesto siempre ocurre de a poco, silencioso, tranquilamente, al ritmo cancino de cualquier día de trabajo campesino.
Julio. Invierno en Ocoa. La lluvia ha saturado el piso y surgen implacables las grandes pozas y el barrial que parecerá eterno. A veces no queda por donde pasar y los zapatos mojados tendrán que buscar entre el pasto y las moras algún pedazo de tierra firme que permita el avance o para adentro o para afuera. Las bicicletas cruzarán simplemente la poza, con la incertidumbre cierta de lograr atravesarlo o quedar pegados en la mitad de la aventura. Nadie lo hace por entretenimiento: más allá está la parcela que hay que laborar... o más allá está el hogar con su fuego y su comida y hay que saber llegar en medio de tanto barro.
Y a veces el barrial es eterno. La humedad, el sol bienintencionado, no logran secar el lodo y hacer discurrir el agua. Y ahí queda el lago nuevo en medio de la calle, como por inercia, como porque esto es campo... a veces las poéticas postales esconden situaciones de aislamiento, esfuerzo y sacrificio silenciados. Total, es invierno.
Hay un sol tibio que ilumina pero no calienta desde un ángulo bajo hacia el norte. El viento corre helado, quemante, desde el río. Es invierno en la vieja calle del viejo fundo. Todo está quieto y todo está transparente. Los verdes se multiplican en cada árbol, en cada ramaje. La gente ya se protege en sus madrigueras, al lado del brasero, a ver las teleseries. Mañana en la mañana probablemente caiga una helada y el agua estancada y la humedad harán sentir un frío calante en los huesos. El barro seguirá ahí, por lo que nuevamente habrá que hacerse de camino entre las moras y el pasto. Así es el invierno, duro y poético, en el valle de Ocoa.
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